¿Como fue?
Bajo una humedad agobiante, los dirigidos por Ronald Koeman desplegaron un manual de geometría aplicada. Sus desplazamientos triangulaban el pasto mojado como si usaran escuadra y compás. A los siete minutos el marcador ya dictaba un 2-0 ineludible. Un desborde profundo por la derecha forzó el tropiezo trágico de Ellyes Skhiri. Enseguida, Brian Brobbey facturó tras un ensayo de laboratorio aéreo.
Luego llegó el monopolio de la tenencia. Los europeos amasaron un 72% de los pases y percutieron con 20 remates. No hubo avalanchas desordenadas. Administraron la ventaja con la frialdad de un relojero ajustando las manecillas de a un milímetro por vez.
Los africanos masticaron la impotencia, pero jamás bajaron los brazos. La inferioridad técnica era evidente; el orgullo los empujó hacia adelante. Hazem Mastouri conectó un cabezazo fulminante tras un córner a los 54 minutos. Fue un chispazo de rebeldía pura.
La ilusión duró un suspiro. Países Bajos apagó el incendio ocho minutos después con la misma receta. Otro córner, otro cabezazo impecable al primer palo de Jan Paul van Hecke. La estadística arrojó la gran rareza de la tarde: cero tarjetas amarillas en todo el encuentro.
Koeman planchó el ritmo sobre el final con tres cambios simultáneos. Los tunecinos se retiraron derrotados, pero respetados. Pelearon a cara de perro en un escenario casi imposible y justificaron, con sudor, el valor de presentarse a jugar.
Luego llegó el monopolio de la tenencia. Los europeos amasaron un 72% de los pases y percutieron con 20 remates. No hubo avalanchas desordenadas. Administraron la ventaja con la frialdad de un relojero ajustando las manecillas de a un milímetro por vez.
Los africanos masticaron la impotencia, pero jamás bajaron los brazos. La inferioridad técnica era evidente; el orgullo los empujó hacia adelante. Hazem Mastouri conectó un cabezazo fulminante tras un córner a los 54 minutos. Fue un chispazo de rebeldía pura.
La ilusión duró un suspiro. Países Bajos apagó el incendio ocho minutos después con la misma receta. Otro córner, otro cabezazo impecable al primer palo de Jan Paul van Hecke. La estadística arrojó la gran rareza de la tarde: cero tarjetas amarillas en todo el encuentro.
Koeman planchó el ritmo sobre el final con tres cambios simultáneos. Los tunecinos se retiraron derrotados, pero respetados. Pelearon a cara de perro en un escenario casi imposible y justificaron, con sudor, el valor de presentarse a jugar.