¿Como fue?
El trámite se arrastró como un expediente judicial en enero. Suiza monopolizó la tenencia hasta el hartazgo, acumulando un 68 por ciento de posesión y 25 remates al arco. Sin embargo, ese dominio se desinfló en la intrascendencia. Los europeos circularon de un lado a otro como si estuvieran contando billetes falsos, sin lastimar. Anotaron apenas de penal a los 17 minutos por intermedio de Breel Embolo, y después se dedicaron a flotar en la humedad de la noche.
Quien no encendió el televisor se ahorró una hora y media de letargo táctico. Los qataríes deambulaban por el césped, incapaces de sostener la posesión. Denis Zakaria clausuró el lateral derecho y secó por completo los intentos de Akram Afif. Pero la falta de instinto asesino tiene un precio. Los dirigidos por Murat Yakin despilfarraron 18 tiros dentro del área grande, perdonando la vida a un rival que apenas respiraba gracias a las cinco tapadas de Mahmud Abunad.
La soberbia siempre pasa factura sobre el final. A los 94, cuando los suizos ya caminaban hacia el vestuario, Homam Al-Amin despachó un centro desesperado al segundo palo. Boualem Khoukhi saltó sobre un vacío defensivo incomprensible y conectó el frentazo del empate. Un castigo brutal. La precisión helvética saltó por los aires como un reloj mal armado, demostrando que empujar a ciegas, a veces, vale más que mil pases sin alma.
Quien no encendió el televisor se ahorró una hora y media de letargo táctico. Los qataríes deambulaban por el césped, incapaces de sostener la posesión. Denis Zakaria clausuró el lateral derecho y secó por completo los intentos de Akram Afif. Pero la falta de instinto asesino tiene un precio. Los dirigidos por Murat Yakin despilfarraron 18 tiros dentro del área grande, perdonando la vida a un rival que apenas respiraba gracias a las cinco tapadas de Mahmud Abunad.
La soberbia siempre pasa factura sobre el final. A los 94, cuando los suizos ya caminaban hacia el vestuario, Homam Al-Amin despachó un centro desesperado al segundo palo. Boualem Khoukhi saltó sobre un vacío defensivo incomprensible y conectó el frentazo del empate. Un castigo brutal. La precisión helvética saltó por los aires como un reloj mal armado, demostrando que empujar a ciegas, a veces, vale más que mil pases sin alma.