Cómo será...
Portugal, curtido en temporales, no exhibirá pánico ante el asedio. Aguardarán agazapados, confiando en la zancada centrífuga de Rafael Leão para astillar la espalda del marcador contrario en una transición fugaz. Es la vieja dicotomía del que amasa la pelota y el que apuñala al espacio.
El quiebre emocional despuntará en la segunda mitad. Si la frustración no corroe el temple portugués, el banco de suplentes se detonará para saturar el área con cabeceadores de oficio. Allí, Gonçalo Ramos podría desdibujar la prolijidad ibérica con su empuje pendenciero.
Sin embargo, el desenlace dependerá de la fatiga cognitiva. España no claudica; su coreografía geométrica se sostiene incluso bajo un estrés severo. Si la zaga portuguesa parpadea en los rebotes de las segundas jugadas, el rondo español encontrará su recompensa. Será una partida de ajedrez jugada sobre un asfalto hirviendo.