¿Como fue?
Todos esperaban un incendio en las tribunas del Beşiktaş. Turquía, en cambio, trajo un manual de contabilidad. El equipo local dominó la pelota casi un setenta por ciento del tiempo. No hubo caos ni épica desbordada. La selección turca necesitaba redimirse ante su gente tras los recientes escándalos dirigenciales. Lo hizo con una frialdad inédita.
Rumania llegó a Estambul con el traje de equipo rocoso. Su bloque medio funcionó para achicar espacios, pero se olvidó de mirar el arco de enfrente. Cero tiros al arco en noventa minutos. La visita apostó a aguantar el temporal y pescar algún rebote salvador. Nunca cruzaron el peaje del mediocampo turco. Hakan Çalhanoğlu e İsmail Yüksek barrieron cada pelota suelta con oficio y paciencia.
El quiebre llegó a los 53 minutos. Un pase escondido de Arda Güler rompió la costura entre el central y el lateral rumano. Ferdi Kadıoğlu apareció por sorpresa y definió cruzado. Curiosamente, los modelos predictivos en la previa habían calcado esta misma jugada. Acertaron el minuto y los intérpretes, aunque exageraron la supuesta rebeldía rumana del final.
Con la ventaja, el equipo de Montella bajó la persiana. Rumania intentó reaccionar acumulando gente arriba, pero sin una gota de desparpajo individual. Turquía, históricamente adicta al drama y al sufrimiento de última hora, esta vez eligió el camino del oficinista. Hizo su trabajo, selló el boleto y dejó a los rumanos masticando una prudencia inútil.
Rumania llegó a Estambul con el traje de equipo rocoso. Su bloque medio funcionó para achicar espacios, pero se olvidó de mirar el arco de enfrente. Cero tiros al arco en noventa minutos. La visita apostó a aguantar el temporal y pescar algún rebote salvador. Nunca cruzaron el peaje del mediocampo turco. Hakan Çalhanoğlu e İsmail Yüksek barrieron cada pelota suelta con oficio y paciencia.
El quiebre llegó a los 53 minutos. Un pase escondido de Arda Güler rompió la costura entre el central y el lateral rumano. Ferdi Kadıoğlu apareció por sorpresa y definió cruzado. Curiosamente, los modelos predictivos en la previa habían calcado esta misma jugada. Acertaron el minuto y los intérpretes, aunque exageraron la supuesta rebeldía rumana del final.
Con la ventaja, el equipo de Montella bajó la persiana. Rumania intentó reaccionar acumulando gente arriba, pero sin una gota de desparpajo individual. Turquía, históricamente adicta al drama y al sufrimiento de última hora, esta vez eligió el camino del oficinista. Hizo su trabajo, selló el boleto y dejó a los rumanos masticando una prudencia inútil.